| Notas |
[1]
Con este seudónimo firmará Díez-Canedo todos los diálogos de la serie “La semana teatral”, incluido este. Jiménez León (2001) expone su procedencia: “Como se sabe, en El Criticón de Gracián la figura de Critilo se contrapone a la de Andrenio, el primero encarna la figura del hombre instruido y prudente, frente al hombre en estado salvaje que representa Andrenio” (pág. 171). Escasas líneas después, el investigador recomienda no confundir este apodo y la escueta firma “C.”, que aparecerá ocasionalmente: “En cualquier caso, el pseudónimo ‘Critilo’ ha servido en buena medida para dificultar el problema de las atribuciones de reseñas, porque en algunas ocasiones al pie solo aparece una ‘C.’, que igual puede corresponder a ‘Critilo’ que a ‘Critón’ o ‘Critias’ (ambos escribían en España, y el primero firmaba con frecuencia en ‘La semana teatral’), o incluso a ‘Canedo’, nombre con el que también se conocía a nuestro crítico en los círculos intelectuales. En algunas reseñas es seguro (por el talante de los libros reseñados) que la misteriosa C. no equivale a Díez-Canedo” (pág. 171). Hasta la fecha no hemos descubierto qué nombres podrían ocultar estos seudónimos.
[2]
Su producción poética se transmitió a través de varios libros, tales como Versos de las horas (1906), La visita del sol (1907), La sombra del ensueño (1910) o El desterrado (ya en 1940). Por otra parte, su labor como crítico literario y reseñador dejó colaboraciones en múltiples publicaciones periódicas, de las que son ejemplo El Sol, La Voz, La Pluma o Índice. Por último, en su nómina de autores traducidos encontramos a Baudelaire, Heine, Montaigne, Dumas, Stendhal, Verlaine o Walter Whitman, entre otros.
[3]
Como Critilo y sus personajes acostumbran, este diálogo ejerce una crítica teatral desde alcances diferentes, pero complementarios. Por una parte, se reseña la actualidad dramática madrileña, y en concreto el ciclo de representaciones que aquel mes de febrero (con estreno el día 16) realizó en el Teatro Princesa la compañía francesa de Marie Therese Pierat. Por otra parte, el diálogo sirve de oportunidad al autor para volcar ciertas opiniones sobre el panorama teatral francés, que no sabemos si se corresponden con su parecer: “P.—¿Cuántas obras no han preparado Amoureuse? ¿Cuántas no han salido de ella? A mí los dramáticos franceses me hacen el efecto de hombres de laboratorio que ensayan reacciones y reacciones. La mayor parte les sale mal. Pero hoy una, y dentro de diez años otra, sirven para algo. Se cogen unos individuos y unas individuas fieles o infieles, apasionados o coquetos, ricos o pobres, honrados o perdidos, se les combina de todas las maneras posibles y a ver que sale. Es indispensable el amor” (pág. 14).
[4]
Interlocutor que con mayor frecuencia manifestará buena consideración de las obras citadas o, al menos, será condescendiente con ellas, tanto en este como en otros diálogos de la serie. Sus intervenciones tienen menos peso y extensión que las de Pésimo. El trato que mantiene con él demuestra que son buenos amigos. Tras su primera intervención, se le menciona de manera abreviada como “O.”.
[5]
Interlocutor perfeccionista e intransigente, que ataca con vigor cualquier defecto que vea en las obras citadas, ya sea en este o en otros diálogos de la serie. A pesar de la dureza de sus juicios, ocasionalmente deslizará mínimas aprobaciones. Sus intervenciones tienen mayor extensión y profundidad que las de su compañero. Tras su primera intervención, se le menciona de manera abreviada como “P.”.
[6]
En ningún diálogo de la serie se aporta información explícita sobre la posición social u ocupación de los interlocutores. No obstante, la temática de los diálogos y el contenido de sus intervenciones demuestran que son hombres de una gran cultura.
[7]
Volumen 7, págs. 258-259.
[8]
Págs. V-VI, VII-XVII y XIX-XXII, respectivamente.
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