| Notas |
[1]
El diálogo aparece firmado con el criptónimo L.S.
[2]
Este diálogo se enmarca en un momento en el que la figura de Napoleón despertó admiración y desdén entre algunos escritores románticos, que se debatían entre la alabanza por cómo había conseguido buena parte de sus propósitos y la censura por su intento de anexionar España a sus territorios.
[3]
Mientras parece claro que tras Lopecio y Gregorio Pérez de Miranda se encontraba Ramón López Soler, sí hay notables dudas de que se pueda atribuir al escritor catalán la autoría de las obras firmadas como Bachiller Cantaclaro o Cantaclaro. Sprague se apoya en la información recogida por Antonio Elías de Molins en Diccionario biográfico y bibliográfico de escritores y artistas catalanes del siglo XX (1889) para afirmar que dicho pseudónimo pertenecía a Lorenzo Alemany (2009, pág. 301).
[4]
Llorens señala que López Soler empleó este pseudónimo para firmar algunas de sus novelas históricas, como Jaime el Barbudo o Kar-Osman (1979, pág. 305).
[5]
Tras estudiar Leyes en la Universidad de Cervera, se integró en la Sociedad Filosófica, donde conoció a Buenaventura Carlos Aribau y a Antonio Bergnes de las Casas, con quienes entabló relación y colaboró “en proyectos periodísticos y editoriales una década después” (Sprague, 2009, pág. 36). El optimismo que provocó la llegada del Trienio Liberal llevó a López Soler “a utilizar el periodismo como arma para poder expresar la realidad con la que estaba comprometido a cambiar” (Sprague, 2009, pág. 37), a través de la publicación de artículos en El Brusi y en El Dorca, o en la creación de El Europeo. Este interés por el periodismo se prolongó hasta los últimos años de su vida, durante los cuales dirigió El Vapor o participó en la fundación de El Español (Sprague, 2009, pág. 38). Asimismo, López Soler dedicó buena parte de su carrera a la escritura de novelas, como Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830), que “constituye el primer ejemplo de novela histórica producido por la literatura española” (Bastons i Vivanco, 2011, pág. 51). No obstante, sus obras fueron puestas en tela de juicio por algunos críticos, como Mesonero Romanos y Milá y Fontanals, que acusaron al autor de plagio y de los cuales se defendió alegando que había imitado el estilo de los escritores escoceses e ingleses (Llorens, 1979, pág. 302). A día de hoy, la crítica ha reconsiderado la trayectoria novelística de López Soler y ha valorado su papel eminente en la difusión del movimiento romántico (Thion, 2014). Destacó, por último, como traductor de autores anglosajones, como Walter Scott.
[6]
Pese a que pudiera parecer que el planteamiento del autor es enjuiciar, con dureza, el tiempo que ambos interlocutores ostentaron el poder, lo cierto es que el diálogo gira en torno a la reflexión de Napoleón sobre su gobierno, cuyo planteamiento estaba alejado de la época sangrienta presidida por Robespierre. López Soler, en menor medida, da voz a Robespierre para que justifique la implantación del Terror. Asimismo, ambos dedican buena parte del diálogo a dirimir cuál ha sido el legado que han dejado y cómo se los valorará en el futuro.
[7]
También se introduce en las reflexiones de Napoleón la política expansionista llevada a cabo y los errores estratégicos que cometió durante las invasiones y guerras contra otras potencias.
[8]
La llegada de Napoleón Bonaparte (1769-1821) al infierno, tras su muerte en la isla de Santa Elena en mayo de 1821, y el caluroso recibimiento que recibe de Maximilien Robespierre (1758-1794) son el punto de partida para que los interlocutores aborden la historia reciente de Francia. La actitud de ambos es, por momentos, agresiva, pues no tienen reparos en dedicarse críticas feroces e, incluso, algunos insultos.
[9]
"El Europeo. Periódico de ciencias, artes y literatura" (1823-1824) fue una cabecera fundada por los italianos Fiorenzo Galli y Luigi Monteggia, por el inglés de origen alemán Carlos Ernest Cook y por los españoles Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler, al tiempo que el Trienio Liberal se aproximaba a su fin tras la entrada de los Cien mil hijos de San Luis. La publicación, pese a su corta vida y a sobrevivir en un ambiente de censura y represión, tuvo una gran trascendencia cultural y social, pues facilitó a través de sus páginas la entrada del romanticismo literario en España. Asimismo, la revista tenía como fin, según explica Luis Guarner, “adoctrinar y abrir sus páginas a la discusión noble y amplia de las nuevas ideas que se proponía defender” (1953, pág. XIII). Sin embargo, el restablecimiento del absolutismo suposo, en la práctica, el fin de El Europeo, ya que los colaboradores extranjeros se vieron forzados a abandonar el país.
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