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Código de identificación BDDH391
Nombre del responsable

Julio Salvador Salvador

Fecha de última grabación

03/01/2024

Autor

Unamuno, Miguel de

Título

Diálogos del escritor y el político — IV Poeta y abogado [Entrega periodística de la serie “Diálogos del escritor y el político”, 1908/11/30]

Variantes del nombre del autor

Unamuno y Jugo, Miguel de

Fecha de nacimiento autor

1864, 29 septiembre

Fecha de muerte autor

1936, 31 diciembre

Lugar de nacimiento autor

Bilbao (Vizcaya, España)

Lugar de muerte autor

Salamanca (Salamanca, España)

Actividad profesional autor

Escritor, filósofo, profesor y rector de la Universidad de Salamanca [1]

Fecha/Siglo

1908, 30 de noviembre

Tipo de producción

Original

Difusión

Dependiente

De

Diálogos del escritor y el político. Véase testimonio en Unamuno, Miguel de. Diálogos del escritor y el político

Materias

Filosofía [2]

Temas secundarios

Espiritualidad [3]

Historia [4]

Lengua [5]

Literatura [6]

Política [7]

Religión [8]

Número de interlocutores

2

Interlocutores

Nombre: P
Categoría: Letra. Político. Representante de oficio o profesión


Nombre: E
Categoría: Letra. Escritor. Representante de oficio o profesión [9]

Enunciación

Enunciación directa

Lenguas del texto

Castellano

Repertorios bibliográficos

OTROS: M. J. Fraga, “Los textos dialogados en la prensa española de finales del siglo XIX”, AnMal Electrónica 41 (2016), pág. 288. [10]

Tipo de testimonios

Artículos en prensa periódica

Artículos en prensa periódica

Código: 1
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: Diálogos del escritor y el político — IV Poeta y abogado
Publicación periódica: El Imparcial, Año XLII, núm.14985, Los Lunes de El Imparcial
Fecha y páginas: 30 noviembre 1908, pág. 3.
Descripción: Elaborada por Julio Salvador Salvador [BDDH391DAPv1 - 331KB]  
Ejemplar digitalizado: Madrid. Nacional, HN2696
Link: hemerotecadigital.bne.es/hd/viewer?oid=0000244555&page=3

Ediciones modernas

Código: 1
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: De esto y aquello. Meditaciones, soliloquios, diálogos y monodiálogos - Bellas Artes - Teatro y cine - Política y letras - Estilo
Responsable: Manuel García Blanco (prólogo y notas)
Publicación: Buenos Aires, Editorial Sudamericana, t. IV, 1954, págs. 73-76.


Código: 2
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: Obras completas. Novela II y monodiálogos
Responsable: Manuel García Blanco (prólogo, edición y notas)
Publicación: Madrid, Vergara S.A., t. IX, 1961, págs. 699-703. [11]


Código: 3
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: Obras completas. Teatro completo y monodiálogos
Responsable: Manuel García Blanco (introducción, bibliografía y notas)
Publicación: Madrid, Escélicer, 1968, t.V, págs. 970-972.

Notas

[1] Y podrían citarse muchas más facetas de la figura de Miguel de Unamuno, intelectual cuyo camaleónico pensamiento marcó la Edad de Plata de la literatura española. La honestidad intelectual del escritor vasco, al ser un autor que expuso —casi impúdicamente— el vaivén de sus razonamientos, se aprecia en géneros literarios como la novela —Amor y pedagogía (1902), Niebla (1914)—, la poesía —El Cristo de Velázquez (1920)— o el ensayo —En torno al casticismo (1895), Vida de don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913)—. También se rastrea en sus colaboraciones en prensa periódica, en las que, por ejemplo, nos encontramos artículos de opinión o gran parte de su corpus de diálogos. Sus textos periodísticos destacan por ser una herramienta idónea con la que exponer la necesidad de un plan reformador de España (Vázquez-Medel, 2012, pág. 467), que debía pasar tanto por el plano espiritual como por el plano material. A través de la prensa Unamuno pudo exponer cuál era la misión principal del escritor en la España alicaída de inicios del siglo XX por sucesos históricos como el Desastre del 98: actuar como un apóstol civil azuzando al lector (Curtius, 1954). Unamuno llevó a cabo una colaboración periodística continuada a lo largo del tiempo (Mainer, 1980, pág. 242; Vázquez-Medel, 2012, pág. 467 y pág. 471) en cabeceras como Ahora, El Imparcial, El noticiero bilbaíno, El Sol, España, Las noticias, Nuevo mundo o, incluso, en periódicos hispanoamericanos como La Nación de Buenos Aires (Vázquez-Medel, 2012).

[2] Desde la reflexión filosófica —a partir de las ideas de Platón— se desarrolla la imagen del poeta como un adivino capaz de ahondar en la realidad a través de la creación de nuevas perspectivas, de nuevos enfoques. Según Álvarez Castro esto presenta unas “resonancias románticas” (2005, pág. 82). El Escritor señala que el poeta es cualquier persona capaz de crear y parafrasea a Platón al decir que es una “cosa ligera, alada y sagrada […] algo de que puede usarse, cosa y no hombre” (Unamuno, 1961, pág. 699). Unamuno señala cómo el poeta es un intérprete de Dios, por lo que ha de “convertirse en cosa, dejando por el momento de ser hombre” (1961, pág. 700). Como mediador entre lo divino y lo mundano el poeta transmite las ideas que da y quita Dios. Este es el proceso de creación del poeta, que, no obstante, no puede considerarse como un invento. El poeta descubre constantemente, porque tiene la capacidad de mostrar lo que está delante de nuestros ojos (Álvarez Castro, 2005, pág. 82): “Y es lo que más necesitamos que se nos descubra, lo que mejor creemos conocer, lo que tenemos ante los ojos. Y esta es la divina misión social del poeta: descubrirnos lo que estamos viendo a diario” (Unamuno, 1961, pág. 700). Por otra parte, en el diálogo se indica cómo de la fusión entre el poeta y el abogado, entre el polo de lo creativo y el de lo destructor, surge el filósofo: “El filósofo es un poeta de la abogacía trascendente, o si quieres un abogado es el que va a tiro hecho, a demostrar algo, a buscar una solución” (Unamuno, 1961, pág. 701).

[3] Podría pensarse que, al indagar sobre el papel del poeta, y considerarlo como un mediador entre Dios y el hombre, el Escritor está defendiendo la necesidad de adoptar una mirada espiritual del mundo, más sensible a ahondar en el carácter íntimo del ser que en las cuestiones materiales.

[4] La labor del poeta alcanza, incluso, a lo que ha sido anteriormente, a la historia, tal y como indica Álvarez Castro (2005, pág. 83) en relación con este diálogo: “Por eso la poesía se complace de preferencia en lo pasado, en lo que ha sido, en lo que ha vivido, en lo que ha sufrido, en lo que es recuerdo y costumbre” (Unamuno, 1961, pág. 701). El Político, a raíz de esto, defiende que “La poesía es conservadora” (1961, pág. 701), que no mira al futuro. El Escritor expone cómo el progreso surge a partir de la conservación del recuerdo, de ahí que el poeta sea “el que reanima las cenizas de lo que fue. La historia o es poesía o no es nada” (1961, pág. 701). Esta visión de la historia parece interconectarse con el inconformismo que sentía Unamuno ante la forma de mostrarla y explicarla en todas las esferas —la educativa, la académica y la política— (Linage Conde, 1973, pág. 104). El Escritor pretende acreditar que la historia, como un resultado más del uso de la metáfora, ha de evidenciar la evolución de las sociedades humanas, de la vida común que captara lo esencial de la existencia humana.

[5] El Escritor insiste en que la metáfora es el instrumento que tiene el poeta para descubrir la realidad. Una de las derivaciones de la metáfora es el mito.

[6] Resulta llamativo cómo Unamuno, merced a la argumentación del Escritor, pone de manifiesto hasta qué punto el mito logra trascender la realidad, puesto que se conforma en palabras que quedan para la posteridad. De esta forma se comprueba cómo la literatura creada por el pueblo, que pasa de generación en generación, a través de la voz de la sangre, es capaz de encarnar, fuera del tiempo histórico, cualquier faceta de la realidad, y, en concreto, de la condición humana: “Las palabras que el aire lleva, son las cosas que más duran” (Unamuno, 1961, pág. 701).

[7] La crítica a la clase política, denominada “abogacía”, sube de intensidad respecto a los diálogos anteriores, ya que el Escritor señala a su compañero cómo ella, la clase política, solo destruye las ideas y las convierte en algo estéril. Sin embargo, Unamuno reconoce que se puede ser tanto “poeta” como “abogado” al mismo tiempo: “Sí, todos tenemos algo de lo uno y de lo otro, pues todos llevamos dentro al ángel y a la bestia” (Unamuno, 1961, pág. 701).

[8] La contradicción de la que hace gala el Escritor surgiría de Dios, de ahí que este, el Escritor, defienda que “Hoy y aquí lo de hoy y de aquí, y mañana lo de mañana, y allí lo de allí […]. Es Dios quien en el poeta y por el poeta se contradice” (Unamuno, 1961, pág. 702). Esta contradicción dimanaría del hecho de que la verdad divina difiere de la verdad humana: además, la verdad de Dios resultaría inaprehensible para la mente del homo sapiens, necesitado de una determinada lógica que reduzca los fenómenos para medir la realidad. De ahí que el Escritor diga: “Acaso la verdad de Dios es algo que ofende a nuestra lógica de abogados. ¿Hay algo más terrible que eso de que dos y tres sean siempre cinco para nosotros?” (Unamuno, 1961, pág. 703).

[9] Unamuno caracteriza a los interlocutores como un político y un escritor, lo que no parece en absoluto una decisión impremeditada, puesto que en 1908 la intelectualidad española estaba inmersa en pleno debate sobre la “regeneración” de España: el sistema político de la Restauración estaba en crisis y los escritores del noventayocho estaban buscando una solución que propiciara una reforma que llegara hasta lo más profundo del espíritu de la sociedad. De ahí que en estos diálogos Unamuno haga uso de los dos especímenes sociales protagonistas del momento histórico que se estaba viviendo, cuyo instrumento de trabajo era la palabra, aunque esta fuera empleada de distinta manera: el Político se presenta como alguien mucho más directo, pragmático, sin complicaciones; el Escritor es contradictorio, ideal, complejo. No obstante, resulta llamativo apreciar, y esto se repite en toda la pentalogía, cómo se establece una jerarquía al desarrollar los argumentos: el Político adoptará una táctica socrática con la que emplaza, mediante un sutil interrogatorio, a su compañero a que desarrolle sus puntos de vista. En cierta manera, Unamuno deja que el Escritor sea quien explique, quien persuada al lector de sus tomas de postura, aunque tampoco vacila en servirse del Político para explicitar la contradicción inherente al Escritor y el choque entre el mundo real y el mundo ideal.

[10] Los Diálogos del escritor y el político figuran en el catálogo de doscientos setenta y cuatro textos dialogados hecho por Fraga, basado en los índices de las revistas de finales del siglo XIX y principios del XX de Pilar Celma Valero —Literatura y periodismo en las revistas del Fin de Siglo. Estudio e índices (1888-1907), publicado en 1991— y Cecilio Alonso —Índices de “Los lunes de El imparcial” (1874-1933), publicado en 2006—. No obstante, en dicho catálogo no se indica si los textos dialogados son o no “diálogos literarios”.

[11] Vergara S.A. pudo publicar la edición de Obras Completas de Unamuno preparada por Manuel García Blanco gracias a una concesión especial por parte de Afrodisio Aguado S.A., editorial que en 1950 comenzó a imprimir unas Obras completas en las que no se incluyeron estos diálogos. De hecho, en el índice de la edición de Vergara S.A. Manuel García Blanco da noticia de que una serie de textos, entre los que se cuentan los Diálogos del escritor y el político, sí que se podían encontrar en la edición de Editorial Sudamericana.

Bibliografía

Véase bibliografía en Unamuno, Miguel de. Diálogos del escritor y el político [Serie periodística]

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