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Código de identificación BDDH390
Nombre del responsable

Julio Salvador Salvador

Fecha de última grabación

03/01/2024

Autor

Unamuno, Miguel de

Título

Diálogos del escritor y el político — III El juego de las ideas [Entrega periodística de la serie “Diálogos del escritor y el político”, 1908/11/23]

Variantes del nombre del autor

Unamuno y Jugo, Miguel de

Fecha de nacimiento autor

1864, 29 septiembre

Fecha de muerte autor

1936, 31 diciembre

Lugar de nacimiento autor

Bilbao (Vizcaya, España)

Lugar de muerte autor

Salamanca (Salamanca, España)

Actividad profesional autor

Escritor, filósofo, profesor y rector de la Universidad de Salamanca [1]

Fecha/Siglo

1908, 23 de noviembre

Tipo de producción

Original

Difusión

Entrega periodística

De

Diálogos del escritor y el político. Véase testimonio en Unamuno, Miguel de. Diálogos del escritor y el político

Materias

Filosofía [2]

Temas secundarios

Juegos [3]

Lengua [4]

Política

Lógica [5]

Número de interlocutores

2

Interlocutores

Nombre: P
Categoría: Letra. Político. Representante de oficio o profesión


Nombre: E
Categoría: Letra. Escritor. Representante de oficio o profesión [6]

Enunciación

Enunciación directa

Lenguas del texto

Castellano

Repertorios bibliográficos

OTROS: M. J. Fraga, “Los textos dialogados en la prensa española de finales del siglo XIX”, AnMal Electrónica 41 (2016), pág. 288. [7]

Tipo de testimonios

Artículos en prensa periódica

Artículos en prensa periódica

Código: 1
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: Diálogos del escritor y el político — III El juego de las ideas
Publicación periódica: El Imparcial, Año XLII, núm.14978, Los Lunes de El Imparcial
Fecha y páginas: 23 noviembre 1908, pág. 3.
Descripción: Elaborada por Julio Salvador Salvador [BDDH390DAPv1 - 334KB]  
Ejemplar digitalizado: Madrid. Nacional, HN2696
Link: hemerotecadigital.bne.es/hd/viewer?oid=0000244178&page=3

Ediciones modernas

Código: 1
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: De esto y aquello. Meditaciones, soliloquios, diálogos y monodiálogos - Bellas Artes - Teatro y cine - Política y letras - Estilo
Responsable: Manuel García Blanco (prólogo y notas)
Publicación: Buenos Aires, Editorial Sudamericana, t. IV, 1954, págs. 69-72.


Código: 2
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: Obras completas. Novela II y monodiálogos
Responsable: Manuel García Blanco (prólogo, edición y notas)
Publicación: Madrid, Vergara S.A., t. IX, 1961, págs. 695-699. [8]


Código: 3
Autor: Unamuno, Miguel de
Título: Obras completas. Teatro completo y monodiálogos
Responsable: Manuel García Blanco (introducción, bibliografía y notas)
Publicación: Madrid, Escélicer, 1968, t.V, págs. 967-969.

Notas

[1] Y podrían citarse muchas más facetas de la figura de Miguel de Unamuno, intelectual cuyo camaleónico pensamiento marcó la Edad de Plata de la literatura española. La honestidad intelectual del escritor vasco, al ser un autor que expuso —casi impúdicamente— el vaivén de sus razonamientos, se aprecia en géneros literarios como la novela —Amor y pedagogía (1902), Niebla (1914)—, la poesía —El Cristo de Velázquez (1920)— o el ensayo —En torno al casticismo (1895), Vida de don Quijote y Sancho (1905), Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913)—. También se rastrea en sus colaboraciones en prensa periódica, en las que, por ejemplo, nos encontramos artículos de opinión o gran parte de su corpus de diálogos. Sus textos periodísticos destacan por ser una herramienta idónea con la que exponer la necesidad de un plan reformador de España (Vázquez-Medel, 2012, pág. 467), que debía pasar tanto por el plano espiritual como por el plano material. A través de la prensa Unamuno pudo exponer cuál era la misión principal del escritor en la España alicaída de inicios del siglo XX por sucesos históricos como el Desastre del 98: actuar como un apóstol civil azuzando al lector (Curtius, 1954). Unamuno llevó a cabo una colaboración periodística continuada a lo largo del tiempo (Mainer, 1980, pág. 242; Vázquez-Medel, 2012, pág. 467 y pág. 471) en cabeceras como Ahora, El Imparcial, El noticiero bilbaíno, El Sol, España, Las noticias, Nuevo mundo o, incluso, en periódicos hispanoamericanos como La Nación de Buenos Aires (Vázquez-Medel, 2012).

[2] En el diálogo se expone el “juego de las ideas”, un juego de larga tradición filosófica —presente ya en Sócrates y los sofistas—. El Escritor defiende que esta puede ser una postura moral y señala que “las ideas, como lo demás, carecen tal vez de fondo. O más bien le tienen fuera” (Unamuno, 1961, pág. 695). De esta manera, las ideas estarían al servicio del método, del modo de proceder. En este diálogo, a raíz de lo expresado por Sánchez Ruiz, la idea serviría “de pretexto para jugar un juego angustioso, personal y solitario”, un juego dialéctico (1964, pág. 68). Las ideas, por tanto, en el caso de quien escribe, estarían supeditadas a la forma en que se utilice el lenguaje. En este punto cobraría especial relevancia el poeta, pues no es más —o menos— que poeta todo aquel individuo “creador de ideas, sea en forma de personajes de novela o drama, sea de sentimientos íntimos, sea de fórmulas matemáticas, sea de teorías científicas” (Unamuno, 1961, pág. 698). El poeta no crea nada de la nada, sino que hace el mundo nuevo a los demás (Álvarez Castro, 2005, pág. 82): esta necesidad de “ver las cosas por primera vez” es un concepto central para coetáneos a Unamuno como Ramón Pérez de Ayala o Santiago Ramón y Cajal. El poeta, para lograr tal objetivo, tendrá que hacer uso de la metáfora, que es la base del pensamiento y del lenguaje.

[3] Para explicar cómo se juega a las ideas, Unamuno hace uso, merced a las intervenciones del Escritor, de una comparación muy llamativa: la del pelotari que examina las pelotas con las que juega. En cierta manera se aprecia una defensa, por parte del Escritor, de la existencia de un “afán lúdico” con el que, en virtud de la importancia de cómo se expresan las cosas, es posible la espontaneidad al examinar cualquier aspecto vital, así como caer en la contradicción para exprimir cualquier idea que pueda molestar al monolítico statu quo de la sociedad española y europea (al respecto, véase Uriarte, 1964, pág. 68-69). El juego es importante, además, porque permite sublimar lo aparentemente banal, aunque, como apunta el Político, también existen diferentes formas de juego. En este punto es cuando el Escritor habla del juego dogmático, similar al fútbol, en el que se hace uso de pelotas que semejan grandes ideas pero que realmente están huecas: este es el juego típico de los parlamentarios. Como señala Gonzalo Plasencia (1979, pág. 53), Unamuno también ahonda en el tema lúdico en otros textos como El juego y la guerra (1917), Juego limpio (1917), y Boyscouts y foot-ballistas (1923).

[4] Unamuno continúa desarrollando la problemática del lenguaje, en este caso, a partir de la reflexión sobre la metáfora. Esta es un instrumento con el que se puede hacer entendible cualquier faceta del conocimiento, sea artística, política o científica. A través de las intervenciones del Escritor parece defenderse que “la filosofía humana es el metaforismo”, tal y como expondrá en textos como Caleidoscopio cinematográfico (1919). Téngase en cuenta, como apunta Sánchez Ruiz, que esta lectura unamuniana se cifra en el hecho de que a partir de la acción de nombrar se llega a la idea (1964, pág. 171), y, tal y como comenta este crítico literario, el propio Unamuno lo enuncia así en Comunidad de la lengua hispánica: “Las ideas brotan de las palabras, que no éstas de aquéllas. Idea quiere decir, en su sentido original y originario, visión” (Obras completas. La raza y la lengua, t. IV, 1968, pág. 951). Esto conecta perfectamente con su perspectiva cristiana de la existencia, pues recuérdese que, en primer lugar, fue el Verbo. Sánchez Ruiz (1964, pág. 171) señala cómo esta tesis unamuniana se sintetiza también en el poema Logos: “El Verbo fue en el comienzo, / no la idea, la visión” (Unamuno, Obras completas. Poesía, t. VI, 1969, pág. 1398). El hecho de que la idea emana de la palabra conecta perfectamente con la defensa de la individualidad del ser hecha por Unamuno. Esta individualización tiene como base “la reducción del ser a la conciencia”, lo que “[…] trae, como consecuencia lógica, la resolución de la cosa en el acto de conocerla o de tener conciencia de ella, que en último término es nombrarla” (Sánchez Ruiz, 1964, pág. 172). Esto explica también que la palabra —y, por ende, la metáfora— no sea algo racional, sino que surja de lo creativo, de lo irracional, y que de esta característica surja su capacidad cognoscitiva (Álvarez Ramos, 2005, pág. 125): “P. — Y si las palabras no brotaron de las ideas, ¿de dónde entonces? E. — De las emociones, de los sentimientos, de las sensaciones, de los deseos, de todo lo menos intelectual, aunque siempre algo” (Unamuno, 1961, pág. 698).

[5] En el diálogo se establece una semejanza entre la estética, la lógica y el método, ya que, de lo que comenta el Escritor, se desprende que lo que verdaderamente importa es la forma en que se utilicen las ideas, el aspecto exterior —es decir, el lingüístico—: “Hay filósofos que dicen que el método lo es todo, es decir, el juego, el ejercicio de la actividad, la manera de manejar las ideas” (Unamuno, 1961, pág. 695). En este punto, Unamuno parece embeberse de los postulados de aquellos filósofos que defienden la existencia de una “lógica viva”, basada en la acción (Schopenhauer, Eucken, James, etc.), aunque su lectura es bastante particular, ya que Unamuno defiende la primacía de la palabra.

[6] Unamuno caracteriza a los interlocutores como un político y un escritor, lo que no parece en absoluto una decisión impremeditada, puesto que en 1908 la intelectualidad española estaba inmersa en pleno debate sobre la “regeneración” de España: el sistema político de la Restauración estaba en crisis y los escritores del noventayocho estaban buscando una solución que propiciara una reforma que llegara hasta lo más profundo del espíritu de la sociedad. De ahí que en estos diálogos Unamuno haga uso de los dos especímenes sociales protagonistas del momento histórico que se estaba viviendo, cuyo instrumento de trabajo era la palabra, aunque esta fuera empleada de distinta manera: el Político se presenta como alguien mucho más directo, pragmático, sin complicaciones; el Escritor es contradictorio, ideal, complejo. No obstante, resulta llamativo apreciar, y esto se repite en toda la pentalogía, cómo se establece una jerarquía al desarrollar los argumentos: el Político adoptará una táctica socrática con la que emplaza, mediante un sutil interrogatorio, a su compañero a que desarrolle sus puntos de vista. En cierta manera, Unamuno deja que el Escritor sea quien explique, quien persuada al lector de sus tomas de postura, aunque tampoco vacila en servirse del Político para explicitar la contradicción inherente al Escritor y el choque entre el mundo real y el mundo ideal.

[7] Los Diálogos del escritor y el político figuran en el catálogo de doscientos setenta y cuatro textos dialogados hecho por Fraga, basado en los índices de las revistas de finales del siglo XIX y principios del XX de Pilar Celma Valero —Literatura y periodismo en las revistas del Fin de Siglo. Estudio e índices (1888-1907), publicado en 1991— y Cecilio Alonso —Índices de “Los lunes de El imparcial” (1874-1933), publicado en 2006—. No obstante, en dicho catálogo no se indica si los textos dialogados son o no “diálogos literarios”.

[8] Vergara S.A. pudo publicar la edición de Obras Completas de Unamuno preparada por Manuel García Blanco gracias a una concesión especial por parte de Afrodisio Aguado S.A., editorial que en 1950 comenzó a imprimir unas Obras completas en las que no se incluyeron estos diálogos. De hecho, en el índice de la edición de Vergara S.A. Manuel García Blanco da noticia de que una serie de textos, entre los que se cuentan los Diálogos del escritor y el político, sí que se podían encontrar en la edición de Editorial Sudamericana.

Bibliografía

Véase bibliografía en Unamuno, Miguel de. Diálogos del escritor y el político [Serie periodística]

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